sábado, 27 de diciembre de 2014

El jazz bajo la manga (frutos extraños)


Frutos Extraños


Luis Barria


En un desesperado intento de sobrevivencia, Abram Smith se llevó las manos al cuello para liberarse de la soga que le arrancaba la vida; lo bajaron, le destrozaron los brazos a martillazos para que no lo intentara más y volvieron a colgarlo. Thomas Shipp pendía, ya sin vida, de la rama vecina. Extraños frutos de los árboles del sur. La noche anterior, 6 de agosto de 1930, habían sido detenidos, acusados del asesinato de Claude Deeter y la violación de su novia, Mary Ball. Estaban siendo interrogados por el sheriff del condado de Marion, Indiana, cuando irrumpió una turba de hombres blancos armados con martillos, palos, hachas y barras de metal; a golpes los condujeron hasta el árbol que estaba frente al juzgado y ahí perpetraron el linchamiento. El fotógrafo del pueblo, Lawrence H. Beitler, tomó una placa que resultó un gran negocio, vendió cientos de copias en unos cuantos días. Escena del galante sur.

Un tiempo después, Mary Ball, confesó que no fue violada. Cuando la fotografía fue publicada en la prensa neoyorkina, Abel Meeropol, profesor de primaria del Bronx, quedó tan impactado, que esa imagen aterradora lo persiguió durante varios días y no lo dejó dormir. Así nació Strange Fruit, poema que, con el seudónimo de Lewis Allan, publicó en el periódico del sindicato de profesores de Nueva York. Más tarde fue musicalizado. Cuando lo cantó por primera vez, una noche de 1939, en el Café Society de Nueva York, Billie Holiday era muy joven, pero era negra. Su padre había muerto un par de años atrás porque no fue aceptado en ningún hospital, debido al color de su piel (“a mi padre no lo mató la neumonía, lo mató Dallas”, declaró años después). Apenas tenía 24 años, pero ya había sido violada, a los 10, y “castigada” por ello en una correccional; ya había fregado pisos y había sido maltratada por sus patronas blancas; ya había sido recadera de la “Madame” que regenteaba el prostíbulo del barrio; ya había sido prostituta y llevada a la policía por un capo a quien no quiso prestar sus servicios, tenía 14 años y pasó seis meses en prisión. Era negra y, en el momento de la interpretación, era todos los negros arrancados de su continente, y era la madera cómplice de los barcos que los transportaron, y era Abram Smith, Tomas Shipp y todos los ejecutados, y era las ramas de las que pendían los cuerpos, y era, también, la raíz y la corteza del árbol. Negra era la voz, negros los acordes, negras las palabras. Por eso fueron apagándose los sonidos, las conversaciones, las risas, el tintineo de los hielos; por eso la luz se fue extinguiendo hasta quedar sólo el haz que la iluminaba; por eso, al terminar la pieza, el silencio fue tan denso, tan hondo, tan insoportable. Tras unos minutos de estupor, un solitario y tímido aplauso desencadenó una gran ovación, pero la cantante ya no estaba en el escenario, estaba en el baño, deshecha en llanto y vomitando.

La conmoción que causó, fue nacional. Además de ser un éxito de ventas, Strange Fruit se convirtió en el himno antirracista por antonomasia y acompañó la lucha por los derechos civiles de los negros a lo largo del siglo XX.

Estuvo siempre en el repertorio de Lady Day (el mote que le puso Lester Young) y siempre la cantó con la misma intensidad interpretativa, con el mismo dolor, con el mismo llanto. Después vino el éxito, la gloria y también los escándalos, los arrestos constantes, las desdichas, las drogas, el alcohol.

Cuando, 20 años después, fue hospitalizada, enfrentaba nuevos cargos por posesión de narcóticos. El custodio que la vigilaba decidió esposarla a los barrotes de la cama, como si fuera capaz de fugarse una mujer agonizante, consumida por la cirrosis.

Así murió el 17 de julio de 1959. Tenía 44 años y seguía siendo negra. 


STRANGE FRUIT

Abel Meeropol
oles sureños cargan extraños frutos,
sangre en las hojas, y sangre en la raíz,
cuerpos negros se balancean a la brisa sureña,
extraños frutos penden de los álamos.

Escena pastoral del galante Sur,
los ojos saltones y la boca retorcida,
perfume de magnolias, dulce y fresco,
y el repentino olor de carne quemada.

Aquí está el fruto para que lo arranquen los cuervos,
para que la lluvia los tome,
para que el viento los chupe,
para que el sol los descomponga,
para que los árboles los tiren.

He aquí una extraña y amarga cosecha.




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