viernes, 30 de enero de 2015

Atmósfera Inusual

Arturo Riveros


Pilas de rectángulos "asobronados" inmovilizando discos compactos pueden verse más o menos
uniformes sobre el suelo irregular del asfalto. En rededor, formando islotes misceláneos la gente
exhibe libros, juguetes mutilados, zapatos deformes; trajes pasados de moda y más objetos
desprendidos de la conjugación verbal del “uso” de otros tiempos.

En esa inmediación de una calle que dejó de ser sólo espacio yermo de la colonia Guerrero me encuentro yo, parado frente a esos, aproximadamente, quinientos reductos de música.

Son cerca de las tres de la tarde y un estruendo oculto entre el cielo gris de la ciudad alerta a los transeúntes, recordándoles que todos los días a esta hora la ciudad se envuelve en agua. Pero yo no me siento herido con el fragor del rayo y apenas consciente del diluvio amenazante me voy inclinando para revisar uno a uno los cuadritos multicolores.

Las letras ECM van sobresaliendo, al final de la revisión, en cinco de esos objetos. Un destello que golpea mi cerebro expone entonces aquella imagen, ese recuerdo del arcángel de roca: entre un bosque de telarañas en su rostro, estático, permanecía un semi-santo de bulto en su calidad de piedra.

Fue el primer contacto físico con esta música camuflada e imperceptible, tridimensional Lo he pensado no pocas veces y considero, después de tanto escarbar en mi subconsciente que fueron otros los tiempos en que esa música se presentó ante mí, quiero decir, de menos hace mil años. Pero para mil novecientos noventa y cinco se materializó ya en la fórmula encapsulada de carretes que giraban entre un mecanismo de derecha a izquierda, con quince piezas donde esa imagen del no humano encarnaba el Officium de Jan Garbarek, y me llegaba, de las manos de Eligio el de “La Rueca”, en Xalapa.

Tras el descubrimiento de esos cinco discos, en un marco generado por la zozobra de una lluvia inminente, pago de prisa una cantidad ínfima por obras de músicos que no sobresalen nunca de las portadas: no hay modo no hay imagen que venda a partir de sus apariencias físicas, ni sus caras, ni sus cuerpos sospechosamente ocultos, aparecen en el marco del exterior, esfumándose al plano de lavolatilidad en la imagen de un aura nebulosa

Tampoco hay imagen que en ese momento aún establezca "significancia" para mí donde posar un contexto, ni justificación del porqué “algo” haya pagado por ellos. Tanteando una y otra teoría de aproximación atraigo la idea de que estos músicos desconocidos sólo eso son. Esa teoría araño con la subconsciencia cuando ya voy imaginando los contextos de inspiración para el inmediato futuro: música para cimentar la percepción de una atmósfera, mezcla de sonidos y sombras que habrán de moverse entre las hojas desnudas del Word.


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