lunes, 2 de marzo de 2015

Revelación de la tierra


Vengo con los zapatos del fango. Con palmos de ardor en el vientre de tres vasos de aguardiente que me descarnaron por dentro, hace unas horas, cuando al borde del sepulcro empedrado donde se encuentran los restos de un padre vedado por el silencio del campo, verde y húmedo por las últimas lluvias, me espera siempre.
Había dejado de ir y fue una sorpresa descubrir que la buganvilia que le sembramos al pie del grueso tronco inmerso en el arriate ahora carece de flores y se redefine como un brazo de ramas raquíticas y sin futuros. Un par de palmas sembradas en botes de latón forman un arco, protegiendo anímicamente la bóveda de piedra viva que almacena las cenizas del muerto.
En esa inmediación de la tierra consigo la gloria que da recuperar los restos de uno en el otro. Porque de la nada, esta nada diseminada en polvos inermes, va a salir una felicidad que no me cabe en el cuerpo.
Me encontraba a la sombra de aquel árbol que lo abraza de día y lo cobija de noche, cuando un grito me sacó de esa disminución de mi propio ser para ir y consumir los alimentos. Atravesado ya de una sensibilidad de otro mundo contemple la comida plagada de símbolos que bajé con otra taza, de café ésta.
Perentorio el día concluyó entre los bramidos de un aguacero que se colaba por las rendijas de las ventanas y troquelaba el laminado de zinc que me separaba del cielo, pero me contenía adherido a la tumba.

Arturo Riveros

Imagen: John Everett Millais - Ophelia 
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