jueves, 18 de agosto de 2016

Adolfo Álvarez, jazzero inoxidable




-Hey, usted; sí, sí, usted, el chaparrito de la batería. Oiga, me trae loco; ya lo tengo niveladito y empieza a pegar de tamborazos; le bajo y, cuando ya lo tengo otra vez, saca sus brochitas esas que ni se oyen, y tengo que subirle. No, no, así no se hace, tiene que tocar parejito.

Así recuerda Adolfo Álvarez, entre risas, aquella histórica grabación, en 1987, de Festival, el disco inaugural de la discografía jazzera veracruzana, liderado por Lucio Sánchez. Tenía siete años en Xalapa pero su carrera musical había comenzado en la infancia cuando, queriendo aprender a nadar, comenzó a tocar.

Todo se lo debo a mis managers
Mi papá era músico aficionado, mi mamá también y los tres hermanos somos músicos, no sé si eso es una casualidad, una necesidad o somos como los boxeadores, que somos músicos porque no nos quedaba de otra.

Cuando yo era niño se hablaba en la casa de las actividades extraescolares, yo soñaba con asistir a la YMCA (Young Men’s Christian Association) a aprender a nadar pero nunca hubo dinero para que fuera (todavía no sé nadar, por cierto) pero a la vuelta de la esquina estaba la Escuela de Música de la UNAM y costaba 100 pesos al año, entonces, ya había una tendencia, ya había un gusto, ya había un aprecio por la música y, teniendo la escuela a la vuelta de la casa, pues fuimos y esa fue nuestra actividad extraescolar.

No me desampares, ni de noche, batería
En la Escuela de Música empecé con el violín y el piano. El piano sí me encanta y quisiera tocarlo y entenderlo un poquito más, el violín, definitivamente, no era mi instrumento.
Cuando llegó la dolorosa adolescencia había que hacerse del rock y cambiar de instrumento y, con toda aquella parafernalia de Beatles y Roling Stones y demás cosas, se apareció la batería y ahí le entré a ese instrumento.

Después del rock llegué a la música popular comercial, a la que ya pagaba porque, bueno, cuando éramos rockeros, como todos los chavos, más bien pagábamos por tocar y yo creo que esa fijación me llevó a seguirlo haciendo hasta la fecha (risas). Pero hubo un tiempo en que llegué a la música popular de paga, eso me llevó varios años de tocar en bares, en bailes y llegué a Televicentro donde trabajé acompañando «artistas» (sugiere las comillas con los dedos) como se dice ahí (los artistas son los cantantes, los demás somos acompañantes u otra cosa). Trabajé en Siempre en Domingo y en otros programas que había entonces con música en vivo, ahora parece que ya no lo hacen.

Una piedra en el camino / me enseñó que mi destino / era jazzear y jazzear
El músico popular tiene muy claro que el jazzista es el mejor músico, el que hace las cosas más difíciles, el que hace las piruetas más complicadas, el que sabe más, el que tiene que usar más elementos de la música para poder tocar lo suyo entonces, siempre es como la gran meta llegar al jazz. Todo eso salpicado de algunos detalles interesantes en mi vida como que a mi mamá le gustaba el jazz, bailaba swing de joven y había en la casa discos de jazz, una visita que hubo una vez de un grupo mexicano a la Escuela de Música que me impresionó mucho, era un quinteto que llegó ahí, estaba en la batería el famoso Rabito Agüeros y fue el primer baterista de jazz que vi de cerca. Después hubo otro detalle muy chistoso, en la escuela de música nos daban boletos para ir a conciertos en Bellas Artes, generalmente eran conciertos para la Sinfónica o para otras cosas de música clásica pero una vez nadie quería los boletos porque eran para el Cuarteto Moderno de Jazz, yo fui con mis cuates y fue un golpazo, yo tenía 12 o 13 años y quedé impresionado. Toda esa combinación de cosas me llevaron a interesarme por el jazz.

Después me dijo un jazzero / que no hay que jazzear primero / pero hay que saber jazzear
Ya estando montados ahí, en lo de la música popular, y con esa cosa de que debíamos de alimentarnos de jazz constantemente empezaron a llegar los discos y músicos que tocaban un poquito de jazz y otros que tocaban más y que admiraban a aquel y al otro, entonces, poco a poquito empecé a darme cuenta y a jugar al jazzecito en la hora del ensayo. En todo ese mundo me encontré con Francisco Téllez, quien dirige la Escuela Superior de Música desde un tiempo para acá, y nos propusimos hacer un grupo de jazz y dedicarnos seriamente a trabajar en eso. Téllez, que es muy serio, muy organizado, muy entusiasta y obsesivo, francamente obsesivo, fundó el grupo y yo estuve a su lado. Vino un saxofonista que él conocía, un amigo chicano, Armando Pérez Durko, y un bajista aficionado, que no era un músico profesional pero era un buen amante del jazz, así nació el famoso Cuarteto Mexicano de Jazz, digo famoso porque sí tenía, y tiene todavía, un prestigio.

Existe porque Francisco dijo que no seríamos como los Beatles, no seríamos los únicos integrantes, el cuarteto continúa y se sigue presentando, 40 años después, con distintos músicos y es uno de los grupos emblemáticos de la Escuela Superior de Música. Y ahí empezamos. Nos pusimos a estudiar, nos pusimos a aprender, nos pusimos a hacer una escuelita interna. Este grupo fue realmente muy formativo, intentamos, y lo hicimos lo mejor que pudimos, auto educarnos en el asunto del jazz profundizando e investigando con seriedad...

Lee el artículo completo en la revista digital de Cultura Errante número 19, página 21...






Luis Barria
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