sábado, 28 de febrero de 2015

Ecos de letras desconocidas (Rafael Barret y Augusto Roa Bastos)



Dos luceros que iluminan el río Paraná 
Borges


No es comprensible que en nuestros días la literatura paraguaya sea una de las más ignoradas dentro de la historia de hispanoamérica. Repercute en su ausencia la peculiar política de aniquilación por parte de tres de sus vecinos países, sin contar el padecimiento de la extraña y larguísima dictadura autárquica que padeció este pueblo selvático.

Una vieja leyenda narra la existencia de dos hermanos, Tupi y Guaraní, que llegaron a la selva brasileña procedentes de una tierra misteriosa, luego de fundar un hogar y sembrar en forma armónica, las disputas de sus esposas hicieron imposible la convivencia juntos. El mayor de ellos, Tupi, decidió quedarse en la región de Matto Grosso, mientras que Guaraní emigró hacia el sur, asentándose en el actual Paraguay, geográficamente en el corazón del Amazonas. Ello implicó un aislamiento natural respecto al Imperio Inca, que no dominó esta zona ni a su pueblo, permitiendo una forma propia y particular de organización social horizontal, tema estudiado a fondo por el antropólogo, Pierre Clastres.

Durante la época colonial, la carencia de materias primas en esa región -que podría haber interesado económicamente a la metrópoli española- evitó la explotación de los nativos. Sumado a la vez, al desarrollo de pequeños campesinos que hicieron de su producción un modelo autosuficiente, impidiò la instalación de latifundios, como ocurrió en el resto de América Latina. A su vez, los jesuitas apreciando la escasa preponderancia de la Corona Hispana, establecieron allí su utopía social, retratada acertadamente en el film La Misión (1986).

Su independencia fue obtenida por azar, como producto del efecto dominó independentista del Cono Sur ( la región guaraní pertenecía a un sector abandonado del Virreinato del Plata, con sede en Buenos Aires). En 1814 se proclama una República, autárquica y drásticamente aislada del mundo, por las medidas ejecutadas por el dictador perpetuo Gaspar Rodriguez de Francia “El supremo”, dirigidas contra el antiguo patriarcado, la oligarquía, el comercio, la iglesia, etc. Durante más de medio siglo de régimen tiránico -al que dos de sus sobrinos le continuaron en sucesión- se edificó una estructura social de alto desarrollo capitalista industrial, comparable al existente en Inglaterra o al Estados Unidos de esa época, que produjo un óptimo bienestar social y económico de su población. Esto lentamente fue creando enfrentamientos entre Buenos Aires y el Imperio de Brasil, igualmente con las pretensiones neo colonialistas británicas. Esta situación llevó a que en 1865 se formara la Triple Alianza ( Argentina, Brasil y Uruguay) que hizo la guerra a Paraguay apropiándose de más del cincuenta por ciento de su geografía y aniquilando a más de tres cuartas partes de los hombres que habían defendido su patria.

Desafortunadamente no terminó allí el desgarro guaraní, pues a principios del siglo XX los problemas internos se intensificaron a la vez que se incrementó la conflagración con Bolivia, propiciada por los intereses de la petrolera Standard Oil, desembocando en la cruenta Guerra del Chaco (1932-1935).

Este clima entre dictadura y guerras acentuó la carencia absoluta de Derechos civiles, especialmente la libertad de expresión, que eliminaron cualquier viso de artes y letras. Empero la residencia de un puñado de migrantes que se dedicaban en buena parte al estudio de la historia, como forma de afirmar la identidad nacional (Generación literaria del 900) fueron los que organizaron y estimularon la literatura. Pero el hispano Rafael Barret fue su más destacado animador.

Nació en España en 1876, en el seno de una familia acaudalada, estudiando en Madrid ingeniería y filosofía. Tempranamente se integró a las tertulias literarias y bohemias de la Generación del 98. Su temperamento pendenciero lo llevó a agredir al influyente Duque de Arión, razón por la que debió alejarse de su patria. Luego de un tiempo en Argentina, se radicó en Paraguay en 1902, como corresponsal de un diario trasandino. En sus escritos plasmó su particular visión del mundo, complementada en profundidad con su expresión filosófica. Seguidor del pensamiento del anarco cristiano León Tolstoi y del Vitalismo -precursor del existencialismo- constituyó en Asunción el grupo literario Las colmenas, que marcará en las décadas posteriores a las letras guaranies. Paralelamente su denuncia contra la explotación patronal, patentizada en sus obras El dolor paraguayo y Los que son los yerbales, irritaron al Gobierno de turno, ordenando su encarcelamiento y posterior exilio. Tras una breve estadía en Argentina y Uruguay, Barret murió en 1910 a los treinta y cuatro años, en Francia, aquejado de tuberculosis.

A pesar de su proscripción en el ámbito literario -por más de un cuarto de siglo- su narrativa ultra social de rasgos dramáticos y humanos, renació entre los literatos de la Generación de 1940, particularmente recuperado por Augusto Roa Bastos(1917) gran estudioso de la historia de su país optó por fusionarla con la ficción, obteniendo como fruto creativo el desarrollo de variados recursos literarios en torno a espacios y lugares.

De profesión periodista, fue durante años Director del diario asunceño El País. En plena Segunda Guerra Mundial, trabajó para la BBC de Londres, donde entre otras cosas, fue de los primeros locutores latinoamericanos. En 1947 sus diarias opiniones radiales y escritas contra las autoridades le significaron la pérdida de su nacionalidad y un largo exilio de más de cuarenta años, de los cuales el mayor tiempo transcurrió en Buenos Aires. Allí laboró como guionista cinematográfico en más de doce películas, lo que se reflejò en el estilo descriptivo de sus obras literarias. Esto sumado a su pertenencia a la poderosa cultura guarani-española, le permitió transportar y combinar en su producción bibliográfica lenguaje y cosmovisión de estos dos mundos.
Su novela Hijo de Hombre (1960) revisa un siglo de la historia paraguaya, siendo una obra pionera en la técnica del sincretismo literario. Su consagración internacional fue en 1974, con Yo el Supremo, donde se adentró con magistral pericia en el momento cronológico y las circunstancias histórica-biográficas del autócrata Gaspar Rodriguez de Francia.

En 1989 su narrativa fue reconocida con el Premio Cervantes, en cuya entrega volvió a mencionar y rescatar la influencia de Barret en su estilo señalando: “En esta hora sublime para mi pueblo paraguayo, nuestro reconocimiento y reverencia a Rafael Barret para quien pese al sufrimiento, calumnias y violencia supo con su simiente crítica social brotar a mil flores de sabiduría. Nos enseñó a escribir a los escritores paraguayos de hoy, nos introdujo vertiginosamente en la luz rasante y al mismo tiempo nebulosa, casi fantasmagórica de la realidad que delira, de sus mitos y contramitos históricos, sociales y culturales”.

En junio de 2014, nos enteramos que una controversia entre familias y autoridades paraguayas, congelaron la disposición gubernamental que dictaminaba que Roa Bastos -fallecido en el 2005- fuera sepultado en el Panteón de los Héroes en Asunción.



 Oscar Ortiz, historiador chileno.
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