La papa se va. El daño a las comunidades permanece.

La temporada de papa está llegando a su fin, por lo menos en los municipios de Coatepec y Tlalnelhuayocan. Las plantas han sido “quemadas”, los surcos vaciados y la tierra queda removida. Como cada año, las parcelas vuelven a mostrar las huellas de un modelo agrícola que desgasta los suelos, daña la salud de las personas y avanza con rapidez en malas prácticas, pero demasiado lento cuando llega la hora de asumir sus impactos.

En estos meses se aplicaron fertilizantes químicos, herbicidas y pesticidas en parcelas que, en muchos casos, se encuentran donde antes había bosque de niebla, cerca de manantiales, arroyos, núcleos poblacionales, escuelas y casas. Cada año la escena se repite: envases abandonados en los caminos, residuos en los terrenos y una preocupación creciente entre quienes habitamos esta región y dependen del bosque de niebla y del agua que provee.

Al cerrar la temporada, el balance es claro: las discusiones públicas van y vienen, pero las medidas concretas no. Mientras la siembra avanza con rapidez, la construcción de acuerdos, normas y mecanismos de vigilancia sigue prácticamente detenida.

No queremos señalar a quienes trabajan la tierra. Muchas familias dependen de este cultivo para sostener su vida. El problema es más profundo. Tiene que ver con la ausencia de políticas locales claras, con la falta de acompañamiento técnico para transitar hacia otras prácticas agrícolas y con la débil capacidad institucional para proteger el bosque, el agua y los ecosistemas de los que dependemos en toda la región.

Termina otra temporada y la pregunta vuelve a surgir: ¿qué hemos aprendido de todo esto? Al parecer, poco. Cada año repetimos el mismo ciclo: siembra, uso intensivo de agroquímicos, preocupación comunitaria y ausencia de decisiones regulatorias por parte de las autoridades.

Esta actividad agrícola, basada en el monocultivo, además de agotar los suelos, afectar la salud y dañar el medio ambiente, resulta agotadora para quienes luchamos por la regulación de los agroquímicos utilizados en este cultivo. Hasta ahora el problema no se está resolviendo, solo se está posponiendo. Diputados y ayuntamientos vuelven a proponer más mesas de trabajo. El ayuntamiento de Coatepec, en lo específico, propone “otro foro” sobre la papa. Mientras tanto, el monocultivo, los problemas de salud y la devastación del bosque de niebla avanzan. Quienes se dedican a esta actividad actúan: siembran, fumigan y cosechan; no crean foros ni mesas de trabajo.

El territorio habla con claridad. Los manantiales, el bosque de niebla y las comunidades que habitamos alrededor de éste necesitamos algo más que soluciones que llegarán tal vez en un largo plazo. Necesitamos acciones urgentes, responsabilidad compartida y, sobre todo, decisiones que pongan en el centro de todo el cuidado del bosque de niebla, del agua y de toda la vida que depende de éstos, porque no debemos olvidar que nosotros, nosotras también formamos parte de ella.

Jaime Velasco Meunier 



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