Cafetaleros denuncian control corporativo y exigen precios justos
En el marco de la conmemoración de Emiliano Zapata, organizaciones cafetaleras de Veracruz colocan sobre la mesa una denuncia que no puede ser ignorada: el mercado del café en México está capturado por dinámicas especulativas y decisiones externas que precarizan la vida campesina y debilitan la soberanía productiva.
El pronunciamiento, dirigido a productores, población en general, medios y gobiernos, advierte que las transformaciones recientes en la cafeticultura global no son neutrales. Señalan que empresas transnacionales han consolidado su control sobre la comercialización del café, desplazando a quienes lo producen y fijando condiciones que responden a intereses financieros, no a realidades territoriales.
El eje del problema es claro: el precio del café que reciben las y los productores sigue atado a la Bolsa de Nueva York. Un referente dominado por la especulación, las tensiones geopolíticas y políticas comerciales de países como Estados Unidos. En ese esquema, el café deja de ser un producto agrícola con valor social y cultural, y se convierte en activo financiero sujeto a apuestas de mercado. El resultado es inestabilidad, ingresos insuficientes y una producción nacional estancada desde hace más de cuatro décadas.
Frente a este escenario, las organizaciones plantean una exigencia central: romper con la dependencia de precios internacionales y construir un sistema de referencia nacional que garantice ingresos dignos. Proponen que el precio de compra al productor se base en el valor real del café tostado y molido en México, junto con estudios de costos de comercialización que impidan abusos.
El documento también alerta sobre el impacto de las importaciones de café robusta de menor calidad, principalmente desde Vietnam y Brasil. Este café, más barato, compite de forma desigual con el arábiga mexicano y termina desplazándolo en el mercado interno. Denuncian además prácticas de simulación en la industria, donde productos comercializados como café incorporan mezclas con insumos de baja calidad, afectando tanto a productores como a consumidores.
Ante ello, demandan medidas concretas: establecer aranceles a las importaciones de robusta, frenar la venta de productos adulterados, impedir la reexportación fraudulenta de café y fortalecer el consumo de café nacional de calidad, incluyendo esquemas orgánicos y de comercio justo.
Otro punto clave es el reconocimiento a los sistemas de cultivo bajo sombra. Las organizaciones subrayan que este modelo no solo produce café, sino que sostiene biodiversidad, captura carbono y protege suelos y agua. En ese sentido, exigen apoyos económicos directos por hectárea para quienes mantienen estos sistemas, así como la creación de un fondo nacional financiado con recursos fiscales y aportaciones del propio consumo.
El posicionamiento incluye un llamado a reactivar instancias de coordinación institucional en el sector cafetalero, con el objetivo de atender de manera integral las demandas históricas de las comunidades productoras.
Más allá de las medidas técnicas, el fondo del conflicto es político y territorial. Lo que está en juego no es solo el precio del café, sino la posibilidad de sostener formas de vida campesina frente a un modelo extractivo que prioriza la rentabilidad sobre la dignidad.
El mensaje es contundente: sin cambios estructurales en las políticas cafetaleras, el campo seguirá expulsando a quienes lo sostienen. En contraste, las organizaciones proponen una ruta basada en justicia económica, arraigo comunitario y defensa del territorio.
Desde Cultura Errante, este pronunciamiento se entiende como parte de una lucha más amplia. La defensa del café no es solo una demanda sectorial, es también una defensa de una identidad, del medioambiente, del agua y de las comunidades que resisten desde lo cotidiano. En esa resistencia, el legado de Zapata sigue siendo de lucha y dignidad.
